Ha pasado otro año más de tener una relación disfuncional con mi amante. Los gritos, las desilusiones y las lágrimas se hacen presentes nuevamente como cada año. Todos me dicen que debo terminar esta relación, que es muy dañina para mí y que es tiempo de buscar nuevos horizontes. Yo les digo que no puedo, que estoy casado para toda la vida, que es duro pero que puedo vivir de las pocas alegrías que me da, porque no creo encontrar otro amante igual en toda mi vida.
1982 fue el año en el que pude haber gritado a morir, llorar de alegría y saltar por todas las calles. La verdad es que ni siquiera había nacido. 1982 fue el año en que la U.A.N.L. ganó su segundo y último campeonato en el fútbol mexicano y han pasado más de 29 años sin poder saborear algo así nuevamente. Nos hemos tenido que conformar con 2 finales perdidas, 2 Interligas y 1 Superliga (un palmarés para la envidia de cualquiera), pero así son los Tigres, y así somos los aficionados de este equipo también. Estamos enamorados con la institución por arte de magia, comprando abonos año tras año, estamos semana tras semana en el estadio, sea en Chiapas o en Tijuana, gritando por ellos y con la camiseta auriazul pegada a la piel, semana tras semana, anulando todo compromiso hecho para estar pegados a la TV y gritar, patear, maldecir y disfrutar también de los 11 Tigres que están tras la redonda.
En el clausura del 2008 era el minuto 89 y yo estaba con un nudo en la garganta, las manos sudando y la mirada de miles sobre mi persona. Era el minuto 89 de la edición 86 del clásico regiomontano, jugándose en el mismísimo Tecnológico. Era el minuto 89 y Tigres iba ganando 3 a 2, en la casa del archirrival y después de tener una racha para el olvido en el mismo torneo. Una camiseta Tigre por cada 10 mil rayadas, todavía no entiendo porque lo hice, pero ahí estaba yo con mi camiseta amarilla en medio del tecnológico, solo y gritando cada gol tigre, lamentando cada gol rayado, un acto de un verdadero loco. Sonó el final del partido y vino una sensación de felicidad pero a la vez miedo y ansia por saber que era lo que iba a pasar ahora. Cuando me doy vuelta a ver el panorama, puedo decirles que reviví la escena de la película 300 cuando los espartanos “pelean en las sombras”, a la espera de miles y miles de flechas que vienen en camino y ocultan la luz del sol. Así mismo fue, pero con cerveza. Ya empapado y con mal olor, escucho la voz de un aficionado rayado que dice: “Pa’ que se vaya bien mojadito mi tigre, pero que huevos los suyos el día de hoy, mis respetos y felicidades”. Cuando escuchas algo así, ya no te importa ni escuchas nada, solo disfrutas el resto del día y vives con ese recuerdo increíble para siempre.

He visto a mi rival ser campeón 3 veces, he visto torneos y torneos de decepciones, he visto pasar jugadores que vienen a robar y a reírse de nosotros (Marino! Everton! Fonseca!), he visto partidos para el olvido que me han hecho llorar del coraje, pero aun así… he visto partidos para nunca olvidar, he visto jugadores que se incrustan la camiseta en su piel como Gaitán, Molina o Lobos, he visto, en los últimos años, una relación disfuncional que no cede, un amor en las buenas y en las malas, un amor de idiotas.